Annual Economic Conference 2012: Mensaje de cierre

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A continuación compartimos una transcripción del mensaje de cierre para la Conferencia Económica Anual 2012, a cargo de Efrén Rivera Ramos, Profesor de Derecho y Pasado Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Puerto Rico. La conferencia tuvo lugar el 17 de febrero de 2012 en San Juan, Puerto Rico.

Por: Efrén Rivera Ramos
Profesor de Derecho, Pasado Decano
Universidad de Puerto Rico, Facultad de Derecho

Felicito al Centro para la Nueva Economía por dedicar esta conferencia a los temas de la desigualdad económica y la confianza pública. Agradezco que me hayan invitado a participar en esta importante discusión. Me han pedido que formule una síntesis y reflexión final sobre los temas que se han discutido durante la mañana de hoy. Ambas tareas me parecen muy delicadas. En primer lugar, es difícil resumir la riqueza de ideas y planteamientos que hemos escuchado. En segundo lugar, no es posible sustituir con mi reflexión las de cada uno y cada una de ustedes, que, a fin de cuentas, son las que más importan. Trataré de cumplir mi encomienda lo mejor que pueda.

Creo que debemos comenzar agradeciendo al profesor Richard Locke el mensaje de optimismo que nos ha traído. Sus palabras confirman que el cambio es posible. El profesor Locke nos ha presentado una perspectiva sumamente interesante sobre el tema de la confianza (o “trust”). Parece ser que la confianza es una variable importante para impulsar el desarrollo, aun en aquellos lugares, y sobre todo en aquellos lugares, en que no existen instituciones fuertes. En este sentido cuestiona el sentido común prevaleciente sobre la indispensabilidad de las instituciones – o por lo menos ciertas instituciones — para el crecimiento económico. Utiliza los ejemplos del Sur de Italia y el Norte de Brasil para sustentar su planteamiento.

Como bien señala, lo que no es indispensable – es decir, lo que puede ser prescindible – son ciertas instituciones que asociamos tradicionalmente con lugares como los Estados Unidos o los países de mayor desarrollo económico. En el caso de los países o regiones emergentes habría que plantearse si lo que sucede es que están generando sus propias instituciones – es decir, un conjunto de normas y prácticas que todavía no podemos tipificar por ser precisamente emergentes. Si ese fuera el caso, entonces no es que las instituciones no sean importantes, sino que las concebidas hasta ahora como esenciales no lo son tanto. Ello invitaría, pues, a ejercicios de creatividad por parte de nuestras comunidades empresariales así como al esfuerzo consciente por aprender de esos nuevos dínamos de actividad económica que él bien ha identificado.

Su segundo planteamiento es todavía más estimulante: esto es, la proposición de que la confianza puede construirse. Yo me apunto a esa perspectiva, pues en diversas instancias de mi experiencia personal y profesional, he tenido pruebas fehacientes de ello. Me parece que su propuesta genera mucha esperanza, sin dejar de reconocer que la creación de confianza es asunto dificultoso y complicado por demás, sobre todo si el entorno político, social y cultural se empeña en destruirla de diversos modos.

A la luz de estudios, literatura e informes recientes, Sergio Marxuach, por su parte, nos ha invitado a repensar la relación entre desigualdad y crecimiento. Plantea que la desigualdad puede ser perjudicial para el crecimiento económico en la medida que afecta variables como el consumo, el acceso a la educación, el desempeño escolar de los niños, el endeudamiento, la especulación, la estabilidad política, la incidencia de enfermedades mentales, la expectativa de vida, la mortalidad infantil, la obesidad, la incidencia de embarazos entre adolescentes, los homicidios, la tasa de encarcelación, la movilidad social y los niveles de confianza social, entre otros. De este planteamiento surge, pues, que hay una correlación directa e indirecta no sólo entre la desigualdad y el desarrollo, sino entre la desigualdad y la calidad de vida. Su presentación incluyó sugerencias valiosas sobre qué hacer, que debemos tomar en cuenta seriamente.

Ello tiene, por supuesto, serias implicaciones para la política pública y para los objetivos y planes de los organismos dedicados a promover el desarrollo de una forma u otra. De ser esto así, todos — el estado, la empresa privada, las iglesias, los organismos dedicados a la filantropía, las organizaciones y movimientos sociales, las universidades, los institutos de investigación y los ciudadanos – tenemos el reto de asumir el tema de la desigualdad como asunto crucial a atender en nuestros planteamientos, planes y acciones. Esta conferencia es ya una contribución en esa dirección. Debemos darle seguimiento en los foros y espacios más diversos. Me parece que si salimos de aquí con ese compromiso habremos dado un paso de avance.

Harold Toro retoma el tema de la confianza. Nos expone los resultados de su examen de los datos de una encuesta que mide los niveles de confianza prevalecientes en nuestra comunidad en cuanto a diversos asuntos. Aunque los resultados varían por renglón, encuentra que, en general, en nuestra comunidad hay altos niveles de desconfianza en los demás y en algunas de nuestras instituciones. Relaciona, además, estos problemas de confiabilidad con el tema de la desigualdad.

Su presentación me sugiere algunas preguntas: ¿Qué costo económico tiene la desconfianza? ¿Puede medirse ese costo? ¿Qué costos sociales, políticos y culturales le acompañan? ¿Qué relación tiene la confianza con la calidad de vida? ¿Cuánto contribuye la desconfianza social a la inestabilidad política, variable que, como sabemos, puede afectar el crecimiento?

Los datos presentados por Harold parecen indicar que existe un alto grado de desconfianza entre los diversos sectores sociales en Puerto Rico. Si ello fuera así, ¿cuáles serían sus efectos? ¿Cuánto contribuye la violencia a la generación de desconfianza? ¿En qué medida es la desconfianza social una de las causas de la violencia extrema que vive el país? ¿Cuánto afecta esa violencia el crecimiento y el desarrollo? ¿En qué medida la desconfianza inter-sectorial, de existir, contribuye a generar más desigualdad? ¿Hasta qué punto la desigualdad genera desconfianza social? ¿En qué grado la desconfianza, a su vez, genera desigualdad? ¿Se trata de una relación dialéctica, que bien puede conducir a un círculo vicioso o a un callejón sin salida, o por lo menos sin salida fácil?

Debe recordarse, por otro lado, que las crisis institucionales son en buena medida crisis de confianza. Ello ocurre con el sistema político, el sistema de justicia, el sistema bancario, entre otros. Como sabemos, las crisis institucionales causan inestabilidad, inseguridad, o en casos extremos conflictos insalvables, que, a su vez, pueden ponerle freno al desarrollo. Aquí de nuevo, la conferencia de Richard Locke nos anima, pues quizás de lo que se trata es de dar con instituciones nuevas y de empeñarse en crear nuevas confianzas.

El panel que reaccionó a las ponencias de Locke, Marxuach y Toro produjo una gran diversidad de ideas y planteamientos. Me limitaré a comentar tres que me llamaron particularmente la atención. Comienzo por el señalamiento sobre la estigmatización. Es cierto, como se indicó, que en Puerto Rico en ocasiones se pretende estigmatizar a las personas que tienen éxito económico. Pero la estigmatización social en nuestro país transcurre en muchas direcciones, no en una sola. Así, por ejemplo, se estigmatiza a los trabajadores, a los sindicatos, a los estudiantes, a los que protestan, a los académicos. En fin, hay estigmatización de sobra. Nos vendría bien a todos bajar esos niveles de demonización de los demás, pues ello tiene todo que ver con la posibilidad de escalar nuevos y más altos peldaños de confianza colectiva.

Lo anterior está vinculado con otra propuesta que pareció dominar la discusión del panel: la necesidad del diálogo, sobre todo el diálogo entre los diversos sectores sociales. Hay que recordar que, para ser efectivo, el diálogo ha de apoyarse en la confianza. Y, a su vez, la creación de confianza requiere del diálogo. De modo que estamos ante dos fenómenos que se nutren recíprocamente. Sin confianza no puede haber diálogo efectivo. Y sin diálogo no podemos hacer crecer la confianza.

En tercer lugar, me interesó de modo particular que la joven estudiante Marta Irene nos llamara la atención a la necesidad de recompensar adecuadamente el esfuerzo de todos y todas. Su señalamiento apunta hacia el hecho de que las desigualdades económicas extremas, manifestadas, por ejemplo, en los bajos salarios, pueden ser una fuente de desconfianza social difícil de superar. Igual sucede cuando se vulnera el principio del mérito, digamos en el empleo público. En la medida que los esfuerzos meritorios no se ven recompensados a la vez que se beneficia, por razones ilegítimas, a quienes no lo merecen tanto, en ese mismo grado se mina la confianza colectiva en las instituciones económicas y políticas vigentes.

Quiero añadir algunos acotamientos sobre este tema de la confianza. Me parece que el fenómeno de la confianza pública tiene por lo menos cuatro dimensiones. Como ha señalado el sociólogo británico Anthony Giddens, las sociedades contemporáneas, caracterizadas por un alto grado de especialización de funciones, están basadas en la posibilidad de la existencia de la confianza. Se refiere Giddens a la confianza necesaria en las capacidades de los demás para que una sociedad compleja pueda operar. Así, por ejemplo, cada vez que abordamos un avión confiamos que el piloto sabe conducirlo, que los mecánicos lo han examinado adecuadamente, que los instrumentos han sido calibrados con eficiencia, que los que dirigen el tráfico aéreo han sido debidamente adiestrados y saben lo que hacen, y así sucesivamente. Los ejemplos son infinitos. Sin este tipo de confianza en la capacidad de los demás para realizar lo que les corresponde no pueden desenvolverse las sociedades complejas. Esto, por supuesto, tiene una relación estrecha con la voluntad, capacidad y recursos que tenga la sociedad para capacitar, a su vez, a quienes han de llevar a cabo todas esas operaciones en cuya eficiencia confiamos los usuarios. Es decir, tiene todo que ver con la educación, que fue otro de los temas que permeó la discusión del panel de esta mañana. Las desigualdades en acceso a la educación y las deficiencias en la educación que se recibe frenan las posibilidades de desarrollo hacia esos altos niveles de complejidad que las sociedades contemporáneas requieren. Por eso hay sociedades en las que el público confía más en sus pilotos y mecánicos de avión que en otras. He ahí otra conexión entre confianza y desigualdad.

Pero, además de este sentido de la confianza social al que se refiere el sociólogo británico, hay otro que también afecta las operaciones de una sociedad. Se trata de la confianza (o desconfianza) en la integridad de los operadores. Por ejemplo, cuando un cliente deposita su dinero en un banco, lo hace con la confianza de que el dueño o el empleado del banco no se quedará con él para beneficio propio. Igualmente, cuando se le ofrece información personal al Departamento de Obras Públicas, al Departamento de Salud o a la escuela donde estudian los hijos, se hace con la confianza de que sus funcionaros no habrán de utilizar esa información con fines fraudulentos o para hacerle daño a quien la brinda. Cuando se aborda nuestro consabido avión, se hace con la confianza de que el piloto no está a sueldo de una banda de piratas que lo habrán de secuestrar para extorsionar a los pasajeros o a sus familiares. Los ejemplos, nuevamente, se multiplican.

La confianza social en la integridad de los demás (uno de los asuntos que la encuesta analizada por Harold trata de medir) es, pues, indispensable para el funcionamiento eficiente de la vida económica, social, cultural y política de la comunidad. Es por ello que la corrupción, generadora también de desigualdades, corroe tanto la vida en comunidad.

Pero hay todavía un tercer contenido de la confianza social. Se trata de la confianza en el sentido de responsabilidad de aquellos con quienes contratamos, trabajamos o nos relacionamos de un modo u otro. Así, confiamos en que el controlador de tráfico aéreo será responsable y no se quedará dormido en la torre de control, en que el profesional con quien hemos contratado un servicio habrá de prestarlo a tiempo, en que el policía a quien le hemos hecho llegar una querella sobre un asunto habrá de tramitarla debidamente. Nuevamente, las sociedades podrían caracterizarse por el grado en que esa confianza se honre con regularidad.

La cuarta dimensión de la confianza pública es aquella a la que el profesor Locke hizo referencia en su conferencia. Es la confianza del ciudadano de que tendrá una oportunidad justa de que sus asuntos serán resueltos conforme a criterios legítimos y equitativos. Por ejemplo, en el sistema de justicia es importante que los litigantes tengan la sensación de que tendrán una oportunidad justa de que sus reclamos se adjudiquen con arreglo a criterios basados en el derecho y la justicia y no en consideraciones político-partidistas, de sectarismo religioso o de amiguismo. En el orden gubernamental, los licitadores de contratos con el gobierno deben poder descansar en que sus propuestas recibirán la consideración debida y que las determinaciones al respecto no se basarán en factores espurios. La erosión de todos esos sentidos de la confianza social debe tener costos sociales y económicos que son muy difíciles de medir, pero que uno intuye que son reales.

Ahora, si me lo permiten, quisiera volver al tema de la desigualdad. Por razones que tienen que ver con los objetivos primordiales del Centro para la Nueva Economía, el énfasis en estas presentaciones ha sido en la desigualdad económica. Se trata de un asunto crucial, obviamente. Pero, a modo de colofón quisiera recalcar algo que todos sabemos. Y es que no todas las desigualdades son iguales. Hay distintos tipos de desigualdad, con las que, a su vez, la desigualdad económica puede converger. Así, hay desigualdades basadas en el sexo o género, la orientación sexual, la raza, la etnia, el idioma, el acento, el origen nacional o social, las ideas políticas o religiosas, las capacidades (o limitaciones) físicas o mentales, la edad, la apariencia o el estado civil, entre otras. La adscripción a cualquiera de esas categorías puede generar experiencias de desigualdad social, económica, política o cultural. Todas ellas, además de dimensiones económicas, suelen tener profundas raíces sociales, culturales e ideológicas. Por ejemplo, el niño pobre que recibe una beca para ir a una escuela privada ubicada en un sector de gente muy adinerada, puede tener acceso formal a una educación de excelencia, pero las actitudes con que se le reciba y trate – sobre todo si están permeadas por el prejuicio social – pueden terminar minando su desempeño académico. Igual puede ocurrir con la mujer que se incorpora a un campo laboral tradicionalmente dominado por los hombres – si las condiciones, las exigencias y el ambiente de trabajo han sido diseñados con el varón como modelo del trabajador típico, la inserción de la mujer en ese mundo laboral se hará por fuerza en condiciones de desigualdad. Por ello, el tratamiento de esas otras desigualdades requiere atención a la multiplicidad de factores que las originan y las reproducen. Pueden exigir, también, políticas, medidas y soluciones de diverso orden.

Cuánto pueden incidir estas otras desigualdades en el desarrollo es una agenda de investigación que plantea retos particulares. En algunos países se han hecho estudios en relación con el género y la raza en este sentido, pero en nuestro país queda mucho por hacer en cuanto a esas y las demás categorías de exclusión mencionadas. Y eso, lo mucho que queda por hacer, es lo que debe estimularnos.

Encuentros como este, y otros que se suscitan con frecuencia, generan la esperanza de que hay en Puerto Rico la masa crítica suficiente para producir el conocimiento y la voluntad necesarios para enfrentar los serios problemas de igualdad, crecimiento, desarrollo y calidad de vida que nos afligen. En última instancia, lo que se nos ha planteado hoy tiene todo que ver con el tipo de comunidad que queremos construir y en la que queremos vivir y el tipo de experiencia social que queremos legar a nuestros descendientes.

Creo que a nombre de todos nosotros puedo expresar nuestro agradecimiento al Centro para la Nueva Economía y sus colaboradores por esta magnífica oportunidad.

Muchas gracias.