Oportunidades

Por Miguel A. Soto Class

En Puerto Rico, como en la mayoría de los países del mundo, la creciente desigualdad en los ingresos está limitando severamente las posibilidades de una verdadera recuperación económica y está causando una discrepancia marcada en las oportunidades al alcance de los diferentes sectores de la población.

Si queremos legarle a nuestros hijos más oportunidades y menos limitaciones que las que hemos tenido nosotros, tenemos que abordar la desigualdad económica con carácter de urgencia y comenzar a crear nuevos paradigmas que restablezcan la confianza social.

La desigualdad no sólo afecta a los individuos, sino que coarta el desarrollo económico. Un análisis desarrollado por el Centro para la Nueva Economía encontró que la desigualdad entre ricos y pobres ha aumentado marcadamente en prácticamente todos los países del mundo desde la década de los 80. En Puerto Rico, los ingresos del estrato económico inferior de la sociedad son 33 veces menor que los del quintil superior, con unos índices de desigualdad que duplican los de Estados Unidos.

La disparidad económica propicia toda una gama de males sociales: los países con mayor desigualdad de ingresos tienen más desertores escolares y más homicidios. Tienen también una mayor probabilidad de enfrentar inestabilidad política y crisis financieras y menos posibilidades de lograr un crecimiento económico sostenido.

Peor aún, la desigualdad de ingresos quebranta la confiabilidad social. Datos de la “Encuesta sobre la finanzas de los hogares en Puerto Rico”, llevada a cabo por el Centro para la Nueva Economía, demuestran que la sociedad puertorriqueña desconfía no sólo de las instituciones privadas y públicas (como la Banca y la Policía) sino de sus propios vecinos y de sus pares en general.

Este alto grado de desconfianza es detrimental no sólo para nuestra calidad de vida, sino que es un reto que debemos enfrentar para lograr hacer crecer nuestra economía. Para impulsar y mantener cambios sociales y económicos tiene que existir un alto grado de confianza entre individuos, corporaciones e instituciones. Como en las relaciones de pareja, sin confianza se está destinado al fracaso.

La buena noticia es que los adagios centenarios aún tienen vigencia. Afortunadamente, la confianza, que lleva a la cooperación y al progreso, se puede generar aun en lugares donde no existe. La necesidad es la madre de la invención y la adversidad genera oportunidades.

En primera instancia, tenemos que abordar con carácter prioritario la desigualdad económica y social: el Fondo Monetario Internacional ha encontrado que la reducción de apenas un 10% en los índices de desigualdad económica aumentan en un 50% los periodos de crecimiento económico.

Segundo: tenemos que fomentar nuevos modelos de cooperación social y empresarial. El profesor Richard Locke, de la Universidad de MIT, ha identificado dos iluminadores casos que pueden servirnos de ejemplo. En el noreste de Brasil y el sur de Italia, el desarrollo de redes empresariales que han apostado a la innovación y la colaboración vigorosa han generado dinámicos polos de desarrollo en áreas tradicionalmente consideradas como atrasadas o deprimidas. De la desesperanza puede surgir el cambio.

En Puerto Rico, tenemos los elementos para lograr una agenda que apueste al futuro.

Tenemos miles de personas emprendedoras –empresarios, trabajadores, estudiantes, desplazados- capaces de innovar y dispuestos a esforzarse día a día para dejarles a sus hijos un mejor país.

Tenemos que enfocarnos en lo que nos une, dejar a un lado las recriminaciones y comenzar a romper las barreras de la desconfianza. No hay un sólo camino, ni una receta mágica, pero se necesita un genuino esfuerzo para confiar en el otro. Apostemos. Y tengamos un entusiasmo inquebrantable en el futuro.

 

Créditos: Oportunidades

El autor es presidente del Centro para una Nueva Economía. Esta columna se publicó originalmente en el diario El Nuevo Día el 23 de febrero de 2012.
Foto: photosteve101 via flickr

 

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