Promesas

Por Mike Soto Class

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Estamos en la época de las promesas.

Por un lado tenemos las promesas políticas.  Cada candidato prometió una serie de acciones a cambio de nuestros votos.  Esas están por verse.

Por otro lado están las promesas religiosas.  Son muchos los que utilizan las navidades y el fin de año para hacer un pedido especial a la Providencia a cambio de algo que prometen cumplir.

Pero hay un tercer tipo de promesa que me parece muy relevante en este momento que vivimos en Puerto Rico.  Y es la promesa de lo que puede ser.

Todos nos preguntamos si un cambio de gobierno podrá resolver los grandes problemas de nuestro país: la rampante ola criminal; la pérdida de valores y su desenlace de barbarie social; el trauma de una economía en un prolongado estancamiento.  En fin, el desentrañar de toda nuestra fibra moral.

Es en cuanto a estos temas que ese tercer tipo de promesa se refiere.  Es decir, que hay una posibilidad que nuestra situacíon pueda mejorar.  Una esperanza de que algo distinto y mejor puede suceder.  Que a pesar de que siempre quedamos defraudados y desilusionados, que esta vez pudiera ser diferente.

Es una fe en su definición bíblica, la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

Es una esperanza que no tiene razón de ser, sino todo lo contrario pues la evidencia histórica ha sido una de decepción.  Pero hay algo en el ser humano que lo obliga a querer creer, como decía el celta de Vargas Llosa.  Nuestro instinto es uno de querer, de creer y de esperar.

Y espera tendremos.  Si de algo podemos estar claro son de dos cosas:  la primera es que los problemas de Puerto Rico son estructurales y tardarán en solucionarse.  Y la segunda es que sufrimos de una empedernida y dañina impaciencia como pueblo.

Gran parte de nuestro problema es que todo lo queremos para ahora, de inmediato y fácil.  Y eso lo que fomenta es que nunca logremos dedicarle el tiempo y el esfuerzo a las soluciones que verdaderamente romperán las cadenas que tienen atrapado el potencial de Puerto Rico.  Y es por eso que siempre miramos hacia atrás y buscamos viejas ideas en vez de mirar hacia adelante y desarrollar nuevas ideas y nuevas maneras de ver y de interactuar con el mundo.

A menudo citamos nuestros logros de la década de los 1950 para demostrar que si lo hicimos entonces, lo podemos repetir.  Pero se nos olvida algo muy importante y es que esos logros no se dieron de un día para otro.  La erradicación de la pobreza extrema, la creación de la clase media, el alcance educativo, el aumento en la expectativa de vida; todos estos fueron logros generacionales que aquella generación nos legó a nosotros a través de muchos años de inversión y sacrificio.  Si caemos en la trampa de buscar soluciones rápidas volveremos al acostumbrado fracaso de las últimas dos décadas.

El poeta irlandés y Premio Nobel de literatura Seamus Heaney habla en uno de sus poemas sobre el momento cuando la esperanza y la historia riman.  Creo que en Puerto Rico estamos en un momento como ese.  Hemos llegado a una encrucijada que por su dificultad convierte en ineludibles las acciones que llevamos décadas evadiendo.

Y creo que en cierta medida, esa precisamente es la razón por la cual todos los Puertorriqueños que nos vamos añoramos regresar.  Y la razón por la cual queremos a nuestro propio equipo en las olimpiadas.  Y lo que provoca que aplaudamos cuando aterriza el avión.  No es por lo que hay hoy.  Es por la promesa de lo que puede ser.

 

El autor es el presidente del Centro para una Nueva Economía. Esta columna se publicó originalmente en el diario El Nuevo Día el 26 de diciembre de 2012. 

 

 

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