Boston y las causas del terror

Boston Strong

Por Deepak Lamba-Nieves

Boston Strong” es una frase que representa la fuerza con la que residentes y víctimas se enfrentan a las consecuencias de los horrendos bombazos y el porte de una ciudad que se resiste a ser la favorita de todos. Cinco años transitando por sus vecindarios y aprendiendo de su gente me han servido para entender que es un territorio tenaz, difícil de roer. El ataque terrorista que dejó cientos de heridos y le segó la vida a un puñado de personas ha puesto a prueba esta reputación, pero la ciudad ha sacado pecho mientras se levanta de un golpe fuerte que se quiere entender como una lesión leve, tomando en cuenta el ánimo y la bravura de los pobladores.

Luego de las descargas en el área de Copley Square, sobraban las interrogantes y escaseaban buenas respuestas. La incredulidad, el orgullo mancillado y el aturdimiento de la gente se comprobaban en el tono de sus preguntas: ¿Quiénes se atreverían a atacar la ciudad durante una carrera centenaria que se celebra el día de los patriotas? Al cabo de unos días largos y confusos, y luego de una prolongada persecución que paralizó la rutina citadina, se confirmó que los principales sospechosos eran los hermanos Tsarnaev, dos jóvenes migrantes de origen checheno. Mientras se desenmarañaba el misterio, acumulaban datos y adjudicaban culpas, el Presidente Obama hacía hincapié sobre un asunto medular: “…¿por qué estos jóvenes, que crecieron y estudiaron aquí, como parte de nuestras comunidades y nuestro país, recurrieron a este tipo de violencia?” De todas las incógnitas que se han acumulado, esta es una de las más contenciosas y difíciles de descifrar.

Las raíces del terrorismo

Interesantemente, un grupo selecto de economistas ha identificado algunos factores que explican el por qué de un acto terrorista. Quizás el más conocido es , economista principal de la Casa Blanca y profesor en Princeton University. En un texto provocador, titulado What Makes a Terrorist: Economics and the Roots of Terrorsim, Krueger se encarga de desmitificar una explicación común pero errada que relaciona los actos terroristas con la pobreza y la falta de educación. Luego de examinar encuestas de opinión pública, armar bases de datos originales y analizar casos de diversas partes del mundo, el también experto en temas laborales comprueba que la mayoría de los individuos que ejecutan actos terroristas, o que los justifican, son más educados y poseen un nivel socioeconómico más alto que el ciudadano promedio—en la mayoría de los casos. Más que un asunto puramente económico, los terroristas están interesados en incidir políticamente. Según explica el autor: “La mayoría de los terroristas no son tan desesperadamente pobres como para no tener razones para vivir. Más bien, son personas que creen tan profunda y fervientemente en una causa que están dispuestos a morir por ella”.

Aunque los actos terroristas no están íntimamente correlacionados con la falta de educación y la pobreza, estos factores siguen siendo medulares y pueden incidir en la erradicación de la violencia. No obstante, los interesados en acabar con el terrorismo deben prestarle más atención a la dimensión política y al contexto social pues Krueger demuestra que la falta de libertades civiles es una de las causas principales. Lejos de abanderarse con la fallida cruzada global estadounidense—que propició abusos militares despreciables como los ocurridos en Guantánamo y Abu Ghraib, y la erosión de derechos civiles en su propio territorio—el texto aconseja una revisión completa de las estrategias gubernamentales que buscan adelantar los valores democráticos en el resto del mundo.

Aún tomando como buenos estos hallazgos, todavía quedan cabos sueltos por amarrar. Tamerlan y Dzhokhar vivieron en Cambridge—una ciudad liberal universitaria—por más de 10 años, se graduaron de una escuela superior pública, multicultural y de alto calibre, participaron exitosamente en equipos deportivos, asistieron a la universidad y, el mayor de los hermanos, considerado el cabecilla, se casó con una estadounidense. Aunque encajan parcialmente en el perfil elaborado por Krueger, por su edad y nivel educativo, su desenvolvimiento social y entorno político parecen no estar alineados con el modelo económico.

La migración como respuesta

Un elemento clave, planteado por algunos sociólogos, pero poco mencionado en los medios, es la experiencia migratoria de los jóvenes. Los Tsarnaevs recibieron asilo político en Estados Unidos pues buscaban dejar atrás una larga racha de conflictos bélicos en la región caucásica. Según explica Silvia Domínguez, profesora en Northeastern University, Dzhokhar era un niño cuando llegó a Estados Unidos y logró un nivel considerable de incorporación en la sociedad norteamericana. Hablaba inglés sin acento y desarrolló varias amistades que lo describen como un muchacho afable y algo solitario. Su hermano, en cambio, tenía 15 años cuando llegó a Cambridge, tenía un acento fuerte—que lo acercaba más al discrimen—y tuvo varios tropiezos y encontronazos con el sistema. Sus duras experiencias en Kirguistán y Daguestán eran disímiles a las de la mayoría de sus pares, con quienes no pudo, o no quiso entablar relaciones estrechas. Aunque su estatus migratorio les proveyó algunos beneficios económicos y otras oportunidades, posiblemente recibieron poca atención para lidiar con la ruptura, el pasado y otras cicatrices. Claro está, nada de esto justifica sus terribles acciones ni debe apenarnos pero son datos importantes que nos acercan a un análisis más certero.

La conjunción de saberes nos acerca a un cuadro menos incompleto pero los intentos por contestarle al Presidente seguramente se quedarán cortos. Sin embargo, las reflexiones que genera la búsqueda de respuestas abren espacios para entender mejor las dinámicas socioeconómicas, las ideologías y los contextos particulares que jugaron un rol determinante en el fatídico desenlace. También nos invitan a cuestionar nuestros mitos y prejuicios.

El presidente checheno se lavó las manos argumentando que los muchachos se criaron en Estados Unidos y que, por ende, se deben “buscar las raíces de este mal en América”. En parte, tiene razón. Pero la clave no está en repartir culpas sino en identificar las grietas estructurales y emplear la fuerza necesaria para corregirlas.

 

El autor es estudiante doctoral y director de Investigaciones del CNE.