Café

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Por Mike Soto-Class

Se está acabando el café. Quien últimamente se haya dado a la tarea de comprar una libra de café de primera de fincas puertorriqueñas, se habrá dado cuenta que hay una gran escasez. La taza o el cortado todavía se consigue gracias al crecimiento de excelentes “coffee shops”. Pero el final esta a la vista.

Puerto Rico, un país con una profunda tradición cafetalera de siglos, enfrenta desde hace tiempo una crisis en la industria del café. De hecho, me atrevo a plantear que si definimos industria como un conjunto coordinado de operaciones, políticas públicas e intereses comerciales que engranan y funcionan hacia un mismo fin, tendríamos que aceptar que Puerto Rico ya no tiene una industria de café. La mayor parte del café que tomamos proviene de grano importado, y el puñado de beneficiados de café –como se le llama a los caficultores que no sólo siembran, sino que compran, acopian y procesan el producto de otros caficultores– andan haciendo de tripas corazones.

Entre las principales causas de esta crisis está la falta de mano de obra, la cual a su vez, está provocada por varias razones. Entre ellas, lo remotas que están muchas de las fincas y lo mucho que se tarda viajar hasta ellas. Por otro lado, está la falta de interés que sin duda proviene en gran parte por el estigma sicológico que le hemos puesto a las tareas agrícolas y en particular al recogido de café. ¿Quién no ha escuchado a alguien diciéndole a un joven: “Ponte a estudiar o si no te van a poner a recoger café”. Más aún, recientemente hemos visto cómo se considera esta tarea como algo sólo apto para confinados. Otros culpables son las reglamentaciones federales, muchas de las cuales se desarrollan para lugares y situaciones muy diferentes a Puerto Rico, pero que se trasladan a nuestra jurisdicción automáticamente y sin ajustar a las realidades locales, provocando disloques terribles.

Si a todo eso le sumamos el desenfoque de la política pública, o más bien, la ausencia de una política pública coherente, tenemos los elementos que causan la desaparición de una de las más importantes industrias cafetaleras de las Américas y una de las pocas ventajas comparativas naturales de la economía puertorriqueña.

Es triste, frustrante y desconcertante, pero este asunto del café es significativo de cómo Puerto Rico desperdicia sus oportunidades. En el Centro para una Nueva Economía publicamos hace poco un estudio con una serie de recomendaciones para potenciar el cultivo de café en el interior de la isla y convertirlo en motor del desarrollo económico. La receta de cambio era mixta, combinando esfuerzos públicos y privados, y estaba basada en la experiencia exitosa de los productores de queso en Italia y los agricultores de mangó de Brasil: un producto agrícola de alta calidad; organismos de cooperación y auto-monitoreo entre los propios agricultores; legislación y reglamentos para establecer un calificativo “premium” de “denominación de origen”; incentivos a la fuerza trabajadora, y créditos y seguros accesibles.

Esta receta de cambio sigue vigente. Lo que no tengo claro es por qué no ha pasado nada, y, que por el contrario, este año el asunto se perfila peor. No sé si es miopía oficial, desidia institucional, parálisis colectiva o resignación individual. Lo cierto es que el lamento por la desaparición de la industria cafetalera local se está convirtiendo en una especie de ritual de todos los años, una de esa larga retahíla de quejas que recirculamos, pero sobre las que no actuamos.

La historia nos juzgará por lo que hemos hecho, o dejado de hacer, con el café. Me aterra, porque siento que el café se nos va quedando rezagado en el pasado, en una especie de imaginario nostálgico poblado de reyes europeos embrujados con el aroma del café boricua, y de jíbaros tristes que paleaban el hambre con un “buchecito de puya” en el ardiente cañaveral.

El autor es presidente del Centro para una Nueva Economía. Esta columna se publicó originalmente en el diario El Nuevo Día el 28 de agosto de 2013.

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