Bosque

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Ocho años de una devoradora recesión económica, emigración severa y la pérdida de nuestra orgullosa designación de crédito de inversión: elementos suficientes para invitarnos a repensar nuestra fórmula de desarrollo y crecimiento. Si de algo ha servido esta coyuntura -que nadie disfruta y nadie ha querido- ha sido para abrirnos los ojos al hecho de que no podemos seguir aferrados a la ilusión de las varitas mágicas. No hay fórmulas salvadoras y, aunque sea duro, es momento de replantearnos las cosas, particularmente la forma en que articulamos las estrategias de desarrollo económico.

Por casi dos siglos Puerto Rico ha apostado a los esquemas simples y prodigiosos que arriesgan el todo por el todo, confiando en la magia salvadora de una única bala de plata. A finales del siglo XIX, fue el café; durante la primera mitad del siglo XX, el azúcar; luego, la industrialización, la Sección 936 y las exenciones contributivas. En el proceso, hemos tenido no pocas coyunturas de delirio: las petroquímicas, el superpuerto, las minas y más recientemente el espejismo de petróleo en la costa sur. En mayor o menor grado, estas instancias reflejan una tendencia ilusoria a poner todos los huevos en una misma canasta y a querer creer que una vez allí, estos se multiplicarán por cierta lógica ineludible del destino.

El chubasco que hemos agarrado tiene que hacernos sabios. Tenemos que aprender a pensar de forma estratégica, a discernir oportunidades, aquilatar aperturas y a construir una cartera de iniciativas económicas diversificada, más anclada en nuestra realidad y menos vulnerable a los vaivenes y sorpresas de fuerzas exógenas.

Una de las apuestas que es preciso hacer de cara al futuro es la del llamado ‘place-based development’, un tipo de desarrollo que se enfoca en los atributos de una región particular y construye proyectos económicos sobre ellos a la vez que preserva lo que la hace especial. Es una mirada al desarrollo en escala regional, que por ser local no deja de ser valioso.

La región del centro de la Isla -con su caudal de recursos humanos, ecológicos, y agrícolas- es un ejemplo del potencial que tiene esta mirada alternativa al desarrollo. Hace poco, en el Centro para una Nueva Economía sugerimos construir sobre la larga tradición cafetalera de la región de Castañer en Lares y convertir la zona en un centro de cultivo y producción de café Premium. Castañer espera por su proyecto, pero en este momento la región central tiene ante sí una iniciativa de avanzada que Puerto Rico no puede dejar perder: el proyecto del Bosque Modelo.

El Bosque Modelo es un proyecto de desarrollo económico sostenible, preservación ecológica y participación ciudadana. Propone conectar un corredor de reservas naturales para convertirlo en motor de desarrollo económico sostenible, ambientalmente respetuoso, para la gente que vive a su alrededor. Lejos de lo que podría hacer pensar su nombre, no es un proyecto de conservación pura: incentiva la creación de proyectos de educación, turismo, cultura, agricultura y manejo de recursos naturales. Esto es, promueve la conservación mientras se generan empresas, empleos y se contribuye a la seguridad alimentaria del País. Es un proyecto que ejemplifica un cambio de paradigma en el uso de los recursos, en la forma en que se mira el desarrollo y en los modelos de gobernanza.

Fruto de la colaboración de diversas comunidades, el Bosque Modelo promovería el desarrollo económico sostenible bajo la visión de un ‘bosque con gente’.

Algunos dirán que esta es una propuesta muy discreta dada la profundidad de la actual crisis y las necesidades monumentales del País. Sin embargo, la realidad es que será precisamente de propuestas puntuales como esta que se desarrollará la agenda más amplia de recuperación para Puerto Rico.

La oportunidad para hacer las cosas de una forma distinta es ahora.

El autor preside es Centro para una Nueva Economía. Esta columna se publicó originalmente en el diario El Nuevo Día el 8 de abril de 2014.

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