Desembarco

Las costas de Puerto Rico han sido por siglos, testigo silente del desembarco de multitudes en busca de tesoro y riqueza.  No por nada se nos denominó Puerto Rico.

Puede parecer incongruente que un País tan pobre sea fuente de riqueza para tantos extranjeros, pero esa ha sido nuestra realidad.

Nuestro drama de extracción es centenario, comprendiendo desde piratas y corsarios, hasta corporaciones multinacionales y evasores contributivos profesionales que encuentran en nuestras playas un paraíso fiscal y contributivo y una alfombra roja gubernamental dándoles la bienvenida.

El más reciente desembarco comenzó con el impago de la deuda y la retahíla de consultores y bufetes extranjeros atraídos al banquete de PROMESA y su botín de contratos.  Luego se arrimó una serie de personajes a dirigir nuestras agencias locales.  Pero la más reciente y dramática manifestación de este fenómeno llegó junto con los vientos y las lluvias del huracán María.  Un tsunami de empresas privadas, faránduleros, políticos reciclados y desacreditados y entidades “sin fines de lucro” que han evolucionado para prosperar en ambientes de desastre y precariedad y cuyo principal negocio es enriquecerse con las recuperaciones ajenas.

Soy el primero en afirmar y destacar por experiencia propia que existen honorables excepciones a este fenómeno.  Múltiples entidades tanto privadas como no gubernamentales han llegado del extranjero para servir noblemente a los más necesitados. Pero son la excepción y por sus frutos los conocerás.  No es difícil distinguir entre los que llegan con buenas intenciones y los que simplemente son unos buscones.

Más aún, una serie de investigaciones que estamos llevando a cabo en el Centro para una Nueva Economía han demostrado que alrededor del noventa porciento de los contratos que se han otorgado posdesastre se han adjudicado a empresas extranjeras.  Y lo que estas empresas gastan en hoteles, comida y en subcontrataciones locales es ínfimo al compararlo con la ganancia de capital que se llevan.  De continuar esta perversa tendencia, a Puerto Rico se le hará virtualmente imposible apalancar los fondos de reconstrucción para superar nuestra profundo estancamiento económico.

Los ejemplos sobran de lugares como Haití y Nueva Orleans, donde luego de desastres naturales aterrizaron vorágines de expertos internacionales, contratistas extranjeros y agencias de ayuda humanitaria que devoraron como pirañas los miles de millones en ayuda y, tan pronto extinguieron los fondos, despegaron tan súbitamente como llegaron en busca del próximo desastre, dejando atrás proyectos incompletos, experimentos fallidos y poblaciones aún desprovistas. Les adelanto que exactamente lo mismo ocurrirá aquí.  Nos urge como País lograr establecer unos parámetros para balancear de manera exitosa nuestra necesidad y apertura al apoyo, versus la extracción abusiva de nuestros haberes y el secuestro de proyectos locales por parte de grupos extranjeros.

Es harto conocido que Puerto Rico ha recibido de la filantropía americana cantidades por mucho inferior a las que reciben otras jurisdicciones en Estados Unidos.  Ha sido una discriminación poco conocida por el público en general pero altamente perniciosa para el desarrollo de una infraestructura cívica en nuestro País. Por lo tanto, me ha parecido el colmo de la ironía que ahora que por fin hay interés en destacar dinero filantrópico en Puerto Rico se interpongan muchas de las más grandes entidades benéficas de Estados Unidos a recaudar fondos a nombre de Puerto Rico, pero para sus propios programas.

Ante este cuadro, ¿cuál debe ser nuestra reacción?

Primero, debemos estar claros de la situación en la que estamos.  Si bien es cierto que el trauma de María fue horrible y que aún las heridas están abiertas para muchos, los fondos de recuperación -si es que por fin llegan- pudieran representar una oportunidad única para nuestro desarrollo. Es imperativo que destaquemos esos recursos según los principios rectores desarrollados por Reimagina Puerto Rico: maximizar el bienestar social en todas las inversiones; establecer la equidad y la inclusión como prioridad; asegurar la transparencia en todos los niveles de formulación de políticas; y enfatizar y fomentar la coordinación y la colaboración.

Segundo, tenemos que estar atentos a quién llega y a qué promesas nos hacen.  No podemos ser ingenuos y caer víctima de oportunistas.  De igual manera, debemos ser inteligentes y sensibles y aceptar la colaboración sincera de quienes tienen los mejores intereses de Puerto Rico como único norte.

Finalmente, es vital que la reconstrucción sea liderada localmente.  Esto incluye al gobierno local de Puerto Rico más allá de líneas partidistas. Esto crea capacidad local y asegura que las decisiones se tomen de acuerdo a lo que necesitamos y no de acuerdo a lo que les genere riquezas a otros. Nadie conoce nuestras necesidades y nuestras aspiraciones más que nosotros mismos.  No podemos entregarles a grupos recién llegados la responsabilidad que nos toca a nosotros de liderar este esfuerzo.  La única avenida hacia una recuperación y una reconstrucción exitosa será a través de actores locales que dirijan y guíen todos los esfuerzos.

Por: Miguel A. Soto Class

Presidente

Centro para Una Nueva Economía

Esta columna  fue publicada originalmente en El Nuevo Día el 26 de enero de 2019.