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Convergencias

Monday, February 15th, 2010

En Puerto Rico llevamos no se ya cuantos años hablando de la necesidad de llegar a un consenso para lograr un desarrollo económico sostenido.  Culpamos nuestra inhabilidad de crecer la economía a la falta de ese escurridizo consenso.

A mi, sin embargo, el consenso me causa mucha sospecha.  Creo que muchas veces el consenso lo que nos lleva es al más simple denominador común, a un acuerdo diluido que, como decía Margaret Thatcher, representa el proceso de abandonar todas las creencias, todos los principios y valores para desarrollar algo en lo cual nadie cree pero a lo cual nadie objeta.

A mi me parece que no es la falta de consenso lo que nos tiene detenidos.  Porque muy bien pudiéramos llegar a un consenso para seguir una propuesta incorrecta.  En ese caso, de nada nos serviría el haber llegado a un consenso.

A lo que sí creo que podemos aspirar es a convergencias.  Con eso quiero decir metas compartidas donde, aunque no haya un consenso, haya un sentido de concesión, de que tenemos que llegar a un acuerdo donde no recibiremos todo lo que queríamos pero se creará el ambiente necesario para seguir la lucha.

El año pasado vimos una posible convergencia de este tipo entre las propuestas del CAREF y las de algunos sindicatos.  Ambos grupos consideraron como algo que se debía hacer el evaluar el costo e efectividad de la multitud de incentivos y deducciones en el código contributivo de Puerto Rico.

Las convergencias son posibles y necesarias particularmente en tiempos como el que vivimos.  Ese será unos de los temas a explorar en la próxima conferencia económica del Centro para la Nueva Economía el mes que viene.

En la misma dedicaremos un panel a debatir civilmente la situación del país y las posibles áreas de convergencia donde pudiéramos encontrar metas compartidas y áreas de acuerdo y acomodo.  El panel contará con verdaderos líderes de diferentes sectores de nuestra sociedad.

El momento para esta discusión es oportuno porque el dolor nos esta llegando ya a todos.  Cuando se afectan sólo algunos sectores de la población, particularmente los más desprovistos, es fácil ignorar la necesidad de cambio.  Sin embargo, cuando llegas al momento donde los más fuertes intereses del país se tambalean, como sucede ahora en Puerto Rico, has llegado al punto de una verdadera apertura.

No sé que más evidencia se requiere para demostrar que en Puerto Rico el problema no es la falta de ideas.  Ni es tampoco la falta de consenso.  Me parece que se pierde más por falta de tomar decisiones que por malas decisiones.

Por tiempo he compartido que yo pienso que el cambio en Puerto Rico vendrá no de un gran consenso, sino más bien de un pequeño grupo.  Pequeños grupos de ciudadanos que decidan fortalecer sus capacidades ciudadanas para fiscalizar a sus gobernantes y obligarlos rendir cuentas de su desempeño.  Pequeños grupos de empresarios con visión que entiendan que su agenda tiene que ser más amplia que solamente su negocio particular.  Pequeños grupos de padres y madres que se den cuenta que la educación de sus hijos es el legado más importante por el que puedan trabajar y que exijan se les provea una educación de calidad.   Pequeños grupos de trabajadores que recuerden el orgullo y dedicación que empeñaban nuestros abuelos y abuelas en sus labores.

¿Será todo esto posible?  Sinceramente no se.  He perdido parte de mi optimismo. Pero sigo peleando la buena batalla y conservo la fe; la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

Miguel A. Soto Class

Publicado el 28 de enero de 2010 en El Nuevo Día

Bizcocho

Wednesday, October 28th, 2009

Durante uno de mis veranos de universidad, conseguí un trabajo en Inglaterra y viví allí con una familia de Londres por esos meses. Fue interesante conocer una nueva cultura y aprender nuevas costumbres. Entre todas, una de las costumbres de la familia nunca se me ha olvidado. La señora de la casa me enseño una regla que ella tenía para sus dos hijos. La misma consistía en que a la hora del postre, uno de los hijos cortaba el bizcocho y el otro escogía el pedazo que quería. Era una manera ingeniosa de evitar peleas y de ser equitativa en la repartición de bienes, ya que el que cortaba o dividía tenía incentivo de ser justo, pues de cortar un pedazo más grande que otro, sería el otro hermano el que se beneficiaría.

En días recientes he pensado mucha en esta curiosa estrategia pues se ha desatado en Puerto Rico una discusión entre hermanos sobre la repartición del bizcocho. Ha sido interesante ver la reacción a nuestra crisis económica de diferentes perspectivas. No recuerdo haber experimentado una diferencia de opinión tan marcada como la que ha generado la recesión económica de Puerto Rico y sus efectos.

Por un lado he visto los que le achacan a los empresarios la culpa de todo. Sueñan con una utopia social que no existe y no logran ver la llegada de un nuevo momento económico. Por otro, veo una retórica vitriólica hacia las organizaciones obreras y a la izquierda del País, que siempre ha existido en buena sociedad puertorriqueña, pero sutil y veladamente. Ahora esa rabia se ventila con orgullo y atrevimiento.

Pienso que sería apropiado que practicáramos un ejercicio que aprendí de las lecturas del reconocido filósofo John Rawls. Él decía que cada persona debía imaginarse que no sabía bajo qué estación de vida nacería. Es decir, que pudiera nacer dentro de una familia solvente y apoderada o dentro de una familia pobre y humilde. Si no sabes en qué tipo de situación vas a estar, ¿cómo quisieras que fuera la sociedad? Es un ejercicio muy interesante porque te obliga a considerar una realidad distinta a la actual y a revisar tus prejuicios.

Para un desarrollador sería interesante pues debe imaginarse que en vez de ser el gestor de un proyecto en un arrabal, es residente de esa comunidad y el que viene a construirle encima es otro. Si es rescatador de un terreno, debe imaginarse que es el dueño del terreno al cual invaden y que ahora permanecerá por años sin poder darle uso.

Si es patrono, debe imaginarse que es obrero buscando aumentar la dignidad de su trabajo. Y si es obrero debe imaginarse lo difícil que es tratar de crear empleos bajo un esquema reglamentario tan burocratizado.

Lo importante aquí no es decir que un lado tiene más razón que el otro. Es poder imaginar y experimentar el asunto desde la perspectiva del otro. No puedo hablar por nadie, pero si antes de entrar al mundo me dijeran: “No te puedo decir si nacerás rico o pobre. Pero necesito me digas qué tipo de sociedad quieres”, yo pediría la sociedad más justa y equitativa para todos. Porque si me toca ser rico quiero poder ser buen mayordomo de mis bienes y aumentarlos. Pero si nazco pobre, quiero estar seguro que estoy en una sociedad que protege a los más débiles y les da oportunidades iguales a todos para vivir en paz y dignidad.

Hablando de bizcochos y costumbres, en mi casa mi mamá tenía una que le funcionaba muy bien. Si peleábamos por el bizcocho, lo guardaba y no le tocaba nada a nadie.

Miguel A. Soto Class

Publicada el 28 de octubre de 2009 en El Nuevo Día