(Des)población

Sergio M. Marxuach

Recientemente la prensa reportó que el Censo de 2010 probablemente sobrestimó la cantidad de habitantes en Puerto Rico por unas 200,000 personas. Parece que somos 3.5 millones los que vivimos en esta isla y no los 3.7 millones estimados inicialmente, esto en comparación con los 3.8 millones que vivían aquí en el 2000.

El cambio poblacional es el producto de la interacción de dos variables: (1) el aumento (o reducción) “natural” producto de los nacimientos y las defunciones, y (2) el aumento (o reducción) producto de la migración.  Durante la primera mitad del siglo 20, la población de Puerto Rico aumentó rápidamente debido a que los puertorriqueños mantuvieron una alta tasa de fertilidad—en 1932, por ejemplo, el promedio de hijos por mujer era 6.4—a la misma vez que la tasa de mortalidad se reducía drásticamente debido a la implantación de varios programas de salud pública.  Ese aumento hubiera sido mayor de no ser por la emigración de cientos de miles de puertorriqueños, fenómeno que llega a su pico en la década de 1950 cuando 20 de cada 1,000 habitantes emigró de isla.

No obstante, ya para el último tercio del siglo 20 se comienza a notar una marcada reducción en la tasa de fertilidad de Puerto Rico.  A partir de 1970 la tasa de fertilidad baja de 3.4 hijos por mujer, a 2.3 en 1990, y llega a 1.7 en el 2006.  Esa reducción es producto de la interacción de una compleja gama de factores tales como: el desarrollo económico, aumentos en los niveles de ingreso, el aumento en la tasa de escolaridad de las mujeres, cambios en los estilos de vida, la inseguridad en el mercado laboral, y la falta de políticas públicas que ayuden a las familias a balancear los requisitos del trabajo con los del hogar.

El punto importante desde una perspectiva de política pública es que una tasa de 2.1 hijos por mujer asegura el reemplazo de la población, mientras una tasa menor de 2.1 implica que, todo lo demás siendo igual, la población se va a reducir poco a poco a través del tiempo.  Pero como suele suceder en la vida, todo lo demás nunca se queda igual.  A esa reducción en la tasa fertilidad a niveles por debajo de la tasa de reemplazo, le tenemos que añadir que durante la década del 2000 al 2010 unos 8 de cada 1,000 habitantes decidieron emigrar, un nivel que no se veía en Puerto Rico desde la década de 1960, cuando la tasa neta de emigración fue de 8.5 por cada 1,000 habitantes.  Este “mini-pico” en la tasa de emigración tuvo el efecto de acelerar la reducción poblacional inducida por la reducción en la tasa de fertilidad.

Contrario a lo que comúnmente se cree, una reducción en el nivel absoluto de la población no es buena para la economía ni para la sociedad en general.  Por un lado, menos gente viviendo en Puerto Rico significa que hay menos gente trabajando, ahorrando, invirtiendo, y consumiendo.  Por otro lado, la reducción de la fertilidad ha acelerado el envejecimiento de la población de Puerto Rico.  Del 2000 al 2010 la población entre 0 y 19 años registró una reducción de 16.6%, mientras que la población mayor de 65 aumentó un 28%.  El incremento en la población de mayor edad sumado a la reducción poblacional implica que hay menos personas trabajando para sostener a un numero mayor de personas económicamente inactivas.

En resumen, en Puerto Rico estamos teniendo menos hijos; una porción mayor de los que nacen deciden irse de la isla; y una fracción cada día mayor de los que se quedan están llegando a la edad de retirarse.

Pongamos este fenómeno en perspectiva considerando el siguiente ejemplo: actualmente hay 907,200 personas trabajando en Puerto Rico con un salario promedio de $27,190. Sobre ellos recae el peso de saldar los $98,460 millones que actualmente le debemos conjuntamente a los bonistas y a los pensionados del gobierno. Eso es equivalente a una deuda promedio de $108,531 por trabajador, cuatro veces el salario promedio, y no estamos tomando en consideración el repago de deudas privadas como hipotecas, préstamos de auto, y tarjetas de crédito, entre otras.

El problema claramente se agudiza si la población está envejeciendo y decreciendo. ¿Qué sucedería si el numero total de personas empleadas se reduce a 800,000 o 750,000? La aritmética es sencilla, si la población se está reduciendo, pero las deudas se quedan al mismo nivel, o como es mas probable, siguen creciendo, entonces la carga de las obligaciones contraídas pesará cada día más sobre cada persona económicamente activa.

Sería un error pensar que las tendencias demográficas se pueden revertir con llamados simplistas a “reproducirse”.  Aumentar la tasa de fertilidad requiere la expansión sustancial de una compleja y costosa red de apoyo a la familias. Los países mas civilizados en este renglón proveen licencias por maternidad con paga por un año o más; ofrecen subsidios para centros de cuido de alta calidad; y permiten horarios flexibles para los padres y madres que trabajan, entre otras ayudas.  Dudo que el Gobierno tenga los recursos, y el sector privado la voluntad, para implantarlas en Puerto Rico.

Mas allá de los factores económicos y sociológicos, en última instancia, estamos hablando de una cuestión existencial. De acuerdo con los Jesuitas somos “seres sin una razón razonable de ser” y creo que de alguna manera los puertorriqueños, tal vez inconscientemente, hemos decidido que no vale la pena reproducir una sociedad enferma y en decadencia. Para atajar esa tendencia hay que convertir a Puerto Rico en un lugar donde valga la pena vivir y para lograr eso hay que repensar el país en su totalidad.  De lo contrario, estaremos enfrentando un futuro caracterizado por un prolongado estancamiento económico, una intensa polarización política y social y una mayor descomposición social.

La población en Puerto Rico se ha reducido
Foto de woodleywonderworks’ photostream

 

El autor es director de Política Pública en el Centro para la Nueva Economía

Este artículo se publicó originalmente en el diario El Nuevo Día el 2 de sept. de 2012.

Olímpico

Miguel A. Soto Class

 

Foto gettyimages.com

 

¿Qué es lo que tienen las olimpiadas que tanto nos atraen y nos llama la atención?

En parte está lo obvio:  es un desfile de juventud y de vigor que provoca en nosotros nostalgia y admiración. También está el fenómeno de la competencia, del progreso y la esperanza. De ver quién es más rápido, más fuerte, más ágil y certero. Del orgullo de la familia y la admiración de un país.

Durante los diecisiete días de los Juegos Olímpicos de Londres vivimos en vilo, pendientes de las noticias cibernéticas y las transmisiones televisivas que nos conectaban con nuestros guerreros que, al otro lado del mundo, echaban el resto a nombre nuestro. La mayor parte eran primerizos, ´rookies´ en este tipo de evento mundial; pero lejos de apagar nuestro entusiasmo, eso quizás aumentó la ilusión, la expectativa, los deseos de prevalecer y de triunfar en una tarima global.

Pero más allá de todo esto, me parece que esos diecisiete días de olimpismo escenificaron tres lecciones importantes que nos sirven para muchas otras cosas que tenemos que hacer en nuestra vida colectiva.

Primero, nos demostró la necesidad del esfuerzo y la disciplina. Era impresionante ver que muchos de los eventos duraban a penas segundos. Y que la diferencia entre ganar y perder eran milésimas de segundos. Pero esos fugaces segundos en la pista olímpica esconden largos trechos de sacrificio y anonimato. Qué revelador era escuchar las historias de sacrificio y de las largas horas de práctica de las ganadoras.  Nosotros fuimos testigos de los momentos de más éxtasis y victoria.  Pero no nos imaginamos lo que costó llegar a ese momento.  Los años de prácticas diarias; el sacrificio no tan solo en términos de régimen de alimentos y ejercicio sino también de tiempo separado de la familia y de aplazar y postergar vacaciones y disfrutes personales.

Igual, como País, debemos entender que nuestro progreso y desarrollo no llega automáticamente ni por magia de política sino por sacrificio, disciplina y trabajo.

Segundo, aprendimos que son más los que pierden que los que ganan.  Que a pesar de sacrificar, de practicar y de ser disciplinado, en la vida y en el mundo ocurren situaciones que impiden nuestro progreso. Esa es la dura realidad de la vida. Y no hay otra respuesta que no sea levantarse y seguir la carrera.

Finalmente, aprendimos que aunque aspiramos al oro, el bronce también es bueno.  En muchas ocasiones nos ponemos como única meta alcanzar ser el mejor. Y nada excepto eso nos satisface. Pero es importante saber que la vida tiene muchas vueltas y muchos matices; y ser el tercer mejor en el mundo es un logro extraordinario y merecedor de gran orgullo y admiración.

Así que aprendamos la lección de los Juegos Olímpicos de Londres y que no se quede en solo buenos deseos e ilusiones de un momento fugaz frente al televisor: apostemos al largo plazo, a nuestro potencial, nuestra inventiva, disciplina, perseverancia y capacidad para la generosidad y el trabajo. Porque al fin y al cabo, si logramos medallas en Londres, no debemos tener duda de que está en nuestras manos alcanzar un mejor futuro en otros ámbitos también.

 

El autor es presidente del Centro para la Nueva Economía.
Publicado originalmente en el diario El Nuevo Día el 22 de agosto de 2012.