Bosque

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Ocho años de una devoradora recesión económica, emigración severa y la pérdida de nuestra orgullosa designación de crédito de inversión: elementos suficientes para invitarnos a repensar nuestra fórmula de desarrollo y crecimiento. Si de algo ha servido esta coyuntura -que nadie disfruta y nadie ha querido- ha sido para abrirnos los ojos al hecho de que no podemos seguir aferrados a la ilusión de las varitas mágicas. No hay fórmulas salvadoras y, aunque sea duro, es momento de replantearnos las cosas, particularmente la forma en que articulamos las estrategias de desarrollo económico.

Por casi dos siglos Puerto Rico ha apostado a los esquemas simples y prodigiosos que arriesgan el todo por el todo, confiando en la magia salvadora de una única bala de plata. A finales del siglo XIX, fue el café; durante la primera mitad del siglo XX, el azúcar; luego, la industrialización, la Sección 936 y las exenciones contributivas. En el proceso, hemos tenido no pocas coyunturas de delirio: las petroquímicas, el superpuerto, las minas y más recientemente el espejismo de petróleo en la costa sur. En mayor o menor grado, estas instancias reflejan una tendencia ilusoria a poner todos los huevos en una misma canasta y a querer creer que una vez allí, estos se multiplicarán por cierta lógica ineludible del destino.

El chubasco que hemos agarrado tiene que hacernos sabios. Tenemos que aprender a pensar de forma estratégica, a discernir oportunidades, aquilatar aperturas y a construir una cartera de iniciativas económicas diversificada, más anclada en nuestra realidad y menos vulnerable a los vaivenes y sorpresas de fuerzas exógenas. READ MORE

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