Apostando al presupuesto

Apostando al presupuesto

Publicado el 21 de abril de 2013

Sergio portrait
Director de Política Pública
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Recientemente, se ha presentado legislación para reglamentar y legalizar la operación de las “máquinas de entretenimiento de adultos”, actividad que supuestamente generaría cientos de empleos y millones en ingresos para el fondo general.

El termino “máquina de entretenimiento de adultos” es un eufemismo, ambiguamente pornográfico, que se utiliza para describir lo que es en esencia una máquina tragamonedas. De entrada, nos parece curioso que una administración que se vanagloria de “poner la gente primero” y en la que varios de sus miembros se ufanan haciendo ostentosos despliegues públicos de religiosidad, proponga resolver la deficiencia del fondo general, por lo menos parcialmente, y crear algunos empleos fomentando el juego y las apuestas; promoviendo, sencillamente, el vicio.

Los proponentes de la legalización argumentan que estas máquinas se están utilizando actualmente y que sería mejor para todos si el estado reglamentara la actividad, a la misma vez que recibe una tajada de la acción. El problema con este tipo de argumento es que su cálculo brutalmente utilitario se puede utilizar para defender la normalización de, básicamente, cualquier actividad ilegal -la prostitución, el tráfico de narcóticos, la venta de órganos humanos, el lavado de dinero, el soborno o la extorsión de oficiales públicos, etc.- que esté ocurriendo actualmente. Sin embargo, no nos debe sorprender si el público en general rechaza este tipo de razonamiento amoralmente utilitario como justificación de una medida de política pública.

El argumento a favor de la reglamentación es también uno hipócrita, porque se basa en el residuo de una objeción moral al juego y a las apuestas que sus defensores abiertamente profesan repudiar. Muchos de los que abogan por la legalización de estas máquinas argumentan que cada persona debe tener la libertad para decidir por ella misma si quiere jugar y apostar, o no. Sin embargo, estas mismas personas, simultáneamente, argumentan que el juego estaría estrictamente controlado por el Gobierno. Se nos dice que el número de máquinas estaría limitado por ley y que se implementarían estrictas medidas, “a prueba de corrupción” para regular y autorizar la operación y uso de estas máquinas.

En nuestra opinión, estas personas no pueden, como dicen en ingles, “have their cake and eat it too”. Si el negocio de las máquinas de entretenimiento de adultos es una actividad económica moralmente legítima, digamos, como la venta de carne al pincho, entonces ¿por qué no abrirlo a cualquier empresa privada que quisiera entrar en ese negocio sin limitación alguna? Por otro lado, si el negocio de las máquinas de entretenimiento de adultos es una actividad moralmente censurable, como la prostitución, entonces ¿por qué el estado lo debe permitir en primera instancia? Otras personas que abogan a favor de legalizar estas máquinas argumentan que es una manera relativamente fácil y efectiva de aumentar los recaudos del fisco sin incrementar los impuestos.

Nos dicen que, a diferencia de los impuestos, el juego es voluntario, no hay coerción por parte del estado. En nuestra opinión, sin embargo, no está del todo claro que los usuarios de estas máquinas lo harán de una manera libre y puramente voluntaria. De hecho, para muchas personas, el juego y las apuestas son actividades altamente adictivas y compulsivas. ¿Debe el estado fomentar el juego compulsivo para pagar por los errores que el mismo estado cometió administrando deficientemente el fondo general durante décadas? Otro problema con este argumento es que se basa en la premisa no articulada de que todos los sectores sociales serán afectados por esta medida en la misma manera. Sinceramente dudo, sin embargo, que veamos estas máquinas en establecimientos comerciales localizados en los exclusivos distritos residenciales del Condado, Miramar o Garden Hills. Creo también que es muy poco probable que las manos exquisitamente acicaladas de las señoras que engalanan las páginas sociales de la prensa del país sean las que tiren de las palancas de estas tragamonedas.

Me parece más probable que estas máquinas serán instaladas en panaderías, barras, y cafeterías localizadas en comunidades pobres o de clase trabajadora. Tal vez estén convenientemente localizadas cerca de los “cashitos”, casas de empeño, y compañías financieras que constituyen parte del sistema financiero alternativo que opera en estas comunidades. En resumen, esta manera fácil y “vo l u n t a r i a” de aumentar los recaudos, en realidad es equivalente en su funcionamiento a un impuesto altamente regresivo.

Por otro lado, en términos filosóficos, esta iniciativa de política pública constituye un tipo de corrupción cívica. De acuerdo con Michael Sandel, profesor de Gobierno en Harvard, el auspicio del juego y las apuestas por parte del Estado: “envía un mensaje contrario a la ética de trabajo, sacrificio, y responsabilidad moral que sustenta la vida democrática… y degrada el ámbito público, ya que el gobierno actúa como proveedor de una educación cívica perversa”. ¿Debemos permitir esa corrupción de la esfera pública porque necesitamos dinero para el fondo general o porque se van a crear un puñado de empleos? Es cierto que el fondo general necesita más ingresos y Puerto Rico necesita más trabajos. Eso no implica, sin embargo, que cualquier propuesta para lograr esos objetivos es buena. De hecho, en un momento de crisis como el que vivimos es imprescindible distinguir las ideas creativas de la jaibería reciclada, las propuestas innovadoras de las soluciones rituales, y la cacería de rentas de la verdadera creación de riqueza.

Este argumento apunta a una deficiencia mayor en nuestro discurso público. En palabras de Tony Judt, historiador e intelectual público, en su libro Ill Fares the Land: “durante los últimos treinta años, cuando preguntamos si apoyamos una iniciativa o propuesta de política pública, nos hemos limitado a los costos y beneficios, a las preguntas económicas en su sentido más limitado… ya no preguntamos ¿es esto bueno? ¿es justo? ¿es lo correcto? ¿Nos ayudará a realizar una mejor sociedad o un mundo mejor?” En el caso de las máquinas de entretenimiento de adultos, la contestación es categórica e inequívocamente no, a todas las anteriores.

Esta columna se publicó originalmente en el diario El Nuevo Día el 21 de abril de 2013.