La ética de la tierra

La ética de la tierra

Publicado el 24 de mayo de 2013

Sergio portrait
Director de Pol√≠tica P√ļblica
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We live in the consciousness of a single self, but in nature there seems to something else, the consciousness of many, of all, the herds and schools, the colonies and hives with myriads lacking in what we call ego but otherwise perfect, responsive only to instinct. Our own lives lack this harmony.
‚ÄĒJames Salter, Burning the Days

Buenos días a todas y a todos.

Antes de comenzar mi presentaci√≥n en la ma√Īana de hoy, quiero agradecer al Instituto Internacional de Dasonom√≠a Tropical del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, y a su director, el Dr. Ariel Lugo, por la invitaci√≥n a participar en este simposio para discutir el trabajo de Aldo Leopold y su √©tica de la tierra.

Nuestra historia comienza con un aullido, largo y profundo, que rueda monta√Īa abajo, y su eco se pierde en la lejana oscuridad de la noche. Un sonido ancestral que ha sembrado terror en los corazones humanos desde tiempos inmemoriales.

Nos dice nuestro autor que ‚Äútoda cosa viviente, y tal vez alguna que otra muerta tambi√©n, le presta atenci√≥n a ese llamado desafiante, salvaje, y lleno de desprecio a todas las adversidades de la vida‚ÄĚ:

To the deer it is a reminder of the way of all flesh, to the pine a forecast of midnight scuffles and of blood upon the snow, to the coyote a promise of gleanings to come, to the cowman a threat of red ink at the bank, to the hunter a challenge of fang against bullet. Yet behind these obvious and immediate hopes and fears there lies a deeper meaning, known only to the mountain itself. Only the mountain has lived long enough to listen objectively to the howl of a wolf.

Aldo Leopold cuenta que aprendi√≥ esa lecci√≥n el d√≠a que vio morir a un lobo. La pol√≠tica p√ļblica prevaleciente en aquel entonces era que los lobos eran depredadores sin ning√ļn valor ecol√≥gico y por tanto deb√≠an ser eliminados para proteger a otros animales que se consideraban m√°s valiosos en t√©rminos econ√≥micos o est√©ticamente m√°s atractivos, como los venados.

Un día él y sus colegas del Servicio Forestal de Estados Unidos avistaron una manada de lobos cruzando un río. Como era de esperarse, dadas las prácticas de aquel tiempo, tomaron sus rifles y comenzaron a disparar. Al terminar de disparar habían herido de muerte a una loba y a uno de sus cachorros.

Entonces ocurrió algo que Leopold no olvidaría jamás:

We reached the old wolf in time to watch a fierce green fire dying in her eyes. I realized then, and have known ever since, that there was something new to me in those eyes‚ÄĒsomething known only to her and to the mountain‚ĶI thought that because fewer wolves meant more deer, that no wolves would mean hunters‚Äô paradise. But after seeing the green fire die, I sensed that neither the wolf nor the mountain agreed with such a view.

Y es que Leopold vivió, mucho después del día en que el feroz fuego verde se apagó lentamente en los ojos de aquel animal mortalmente herido, para ver cómo estado tras estado implementaba programas para eliminar la población de lobos.

Y se dio cuenta que las laderas de muchas monta√Īas en √°reas donde los lobos hab√≠an sido eliminados estaban totalmente deforestadas desde el suelo hasta la altura de una silla de montar caballo. Esa deforestaci√≥n implicaba dos cosas: que muchos venados morir√≠an de hambre y que la erosi√≥n terminar√≠a depositando gran parte del suelo en los r√≠os y el mar.

Por tanto, la eliminaci√≥n sistem√°tica de los lobos, lo que parec√≠a una buena idea desde la perspectiva a corto plazo de los seres humanos, y llevada a cabo ostensiblemente para la protecci√≥n de los venados, hab√≠a terminado causando tres tipos de da√Īos ecol√≥gicos diferentes: la casi-extinci√≥n de algunas especies de lobo a manos de cazadores, la erosi√≥n del terreno debido a la deforestaci√≥n causada por el exceso de venados, y la eventual muerte de cientos, sino miles, de venados a causa de la falta de alimento.

Es por eso que al analizar cualquier pol√≠tica ambiental es necesario pensar ecol√≥gicamente y a largo plazo, como la monta√Īa. Ya que, as√≠ como los venados viven con miedo mortal de los lobos, as√≠ la monta√Īa vive con miedo mortal de los venados.

Para un economista, el problema de los lobos tiene una solución relativamente sencilla: se deben eliminar los lobos hasta el punto en que el costo marginal de matar un lobo adicional sea igual al beneficio marginal que genera matarlo. El asunto entonces se convierte en un ejercicio de contabilizar los costos y beneficios adecuadamente.

Sospecho, sin embargo, que esa repuesta no ser√≠a satisfactoria para Leopold, quien preguntar√≠a desde qu√© perspectiva se han de calcular los costos y beneficios: ¬Ņla del lobo? ¬Ņla de los venados? ¬Ņla de los cazadores? ¬Ņla de los pinos y otra vegetaci√≥n? ¬Ņla del due√Īo de la manada de venados? ¬Ņla del banquero del due√Īo de la finca? ¬Ņla del suelo? ¬Ņla de la monta√Īa?

M√°s a√ļn, creo que Leopold nos dir√≠a que andemos con cuidado ya que, en el plano ecol√≥gico, los costos y beneficios asociados con una intervenci√≥n de pol√≠tica p√ļblica no son el producto, necesariamente, de procesos lineales, y que √©stos podr√≠an manifestarse en subsistemas ecol√≥gicos de jerarqu√≠a y escala diferentes, as√≠ como en diferentes planos temporales.

Esto no significa, sin embargo, que Leopold concluyera que el an√°lisis econ√≥mico no ten√≠a importancia o relevancia para resolver problemas ambientales o ecol√≥gicos. Al contrario, el mismo Leopold reconoc√≠a la validez, y en algunos casos la necesidad, de aplicar el an√°lisis econ√≥mico a problemas ambientales o de uso de la tierra y recursos ambientales. Por ejemplo, no creo que Leopold se opondr√≠a a que las cuentas nacionales tomaran en consideraci√≥n el costo de la contaminaci√≥n ambiental o al uso de pol√≠ticas econ√≥micas para mitigar el da√Īo causado por la lluvia √°cida o las emisiones de carbono.

Su oposición era más bien a situar el análisis económico en una posición epistemológicamente privilegiada. Leopold expresa este punto de vista en una carta a Seth Gordon, presidente del American Wildlife Institute, con fecha de octubre de 1935:

The basic assumption that land is a merely economic commodity, and that land use is governed wholly by economic forces, must be definitely discarded. The ownership and use of land entails obligations and opportunities of trans-economic value and importance, just as the establishment of a family does.

Este sería un punto al que Leopold regresaría una y otra vez. De hecho, hacia el final de su ensayo sobre la ética de la tierra, nos dice:

It of course goes without saying that economic feasibility limits the tether of what can or cannot be done for land. It always has and it always will. The fallacy that economic determinists have tied around our collective neck, and which we now need to cast off, is the belief that economics determines all land use. This is simply not true.

Leopold se opon√≠a al ‚Äúdeterminismo econ√≥mico‚ÄĚ por dos razones. Primero, seg√ļn √©l mismo nos dice en The Land Ethic, uno de los problemas de basar una pol√≠tica de conservaci√≥n ambiental en motivaciones econ√≥micas es que la mayor√≠a de los miembros de la comunidad bi√≥tica no tienen valor econ√≥mico alguno.

Seg√ļn Leopold: ‚Äúof the 22,000 higher plants and animals native to Wisconsin, it is doubtful whether more than 5 per cent can be sold, fed, eaten, or otherwise put to economic use.‚ÄĚ Por tanto, si fu√©ramos a utilizar un an√°lisis puramente econ√≥mico, se podr√≠a justificar la extinci√≥n de m√°s de 20,000 plantas y animales, solamente en el estado de Wisconsin.

A este argumento un economista podr√≠a responder que siempre es posible calcular los costos y beneficios asociados con una especie en particular y determinar la pol√≠tica p√ļblica de acuerdo con dicho an√°lisis. De hecho, Leopold comenta, cr√≠ticamente, sobre los esfuerzos que se hicieron a principios del siglo 20 para salvar algunas especies de p√°jaros utilizando ese tipo de argumento:

At the beginning of the century songbirds were supposed to be disappearing. Ornithologists jumped to the rescue with some distinctly shaky evidence to the effect that insects would eat us up if birds failed to control them. The evidence had to be economic in order to be valid.

Para Leopold, este an√°lisis era intelectualmente deshonesto, ya que hab√≠a que ‚Äúestirar la evidencia‚ÄĚ que exist√≠a para sustentarlo. Adem√°s ‚Äď y √©sta es la segunda objeci√≥n de Leopold al an√°lisis puramente econ√≥mico- estas criaturas son miembros y pertenecen a la comunidad bi√≥tica por derecho propio, independientemente de la presencia o la ausencia de su valor econ√≥mico para los seres humanos.

En términos filosóficos, Leopold estaba haciendo un argumento deontológico a favor de la conservación ambiental. Cada una de las plantas y especies de animales tiene un valor intrínseco y, por tanto, tienen el derecho a existir simplemente por virtud de pertenecer a la comunidad biótica, incluyendo a los depredadores como los lobos. Este principio es la base de su ética de la tierra.

Y es que las cosas de la naturaleza que más disfrutaba Leopold simplemente no tenían precio, y de hecho el mero hecho de intentar valorarlas de esta manera termina de, alguna manera, degradando la esencia misma de éstas.

Aquí la mayoría de los economistas argumentaría que la economía se dedica simplemente a explicar el comportamiento humano, no a juzgarlo. Nos dirían que su trabajo no consiste en proponer normas sobre como debería funcionar el mundo sino en representar y explicar cómo funciona en realidad la sociedad.

Ahora, como bien ha se√Īalado Michael Sandel, profesor de Gobierno en Harvard, ‚Äúla noci√≥n de que la econom√≠a es una ciencia independiente de la filosof√≠a pol√≠tica y moral siempre ha sido cuestionable.‚ÄĚ M√°s aun cuando los mismos economistas han buscado extender el alcance de los principios econ√≥micos al aplicarlos a esferas donde tradicionalmente no han aplicado, tales como las relaciones sexuales, la reproducci√≥n humana, la educaci√≥n, la salud y la pol√≠tica migratoria, entre otras.

La noción de que el mercado es un mecanismo moralmente neutral y que no afecta las cosas que regula no es cierta. Los mercados encarnan ciertas normas y muchas veces dejan una marca sobre las cosas y definitivamente afectan otras normas sociales. Lo cierto es que los precios y los mercados presuponen y promueven una manera específica de valorar las cosas.

Lo que sugiere Leopold es que esa no es la √ļnica manera de evaluar los problemas ambientales o de uso de terrenos. La metodolog√≠a econ√≥mica es importante, tal vez necesaria, pero nunca suficiente.

De hecho, Leopold nos invita a ‚Äúexaminar cada asunto en t√©rminos de lo que es √©tica y est√©ticamente correcto, adem√°s de lo que es econ√≥micamente conveniente. Una cosa es buena cuando tiende a preservar la integridad, estabilidad y belleza de la comunidad bi√≥tica. Es mala cuando tiende a lo contrario.‚ÄĚ

Al exponer su √©tica de la tierra de esta manera, Leopold deja la puerta abierta para encontrar puntos de convergencia entre la econom√≠a, la filosof√≠a, y la ecolog√≠a. De hecho, algunas personas que han estudiado el pensamiento de Leopold han concluido que √©l, fundamentalmente, cre√≠a en lo que llamaba la ‚Äúhip√≥tesis de la convergencia entre los intereses humanos y los intereses del mundo natural.‚ÄĚ

Interesantemente, ese tipo de convergencia implicar√≠a el regreso de la econom√≠a a sus ra√≠ces en las facultades de filosof√≠a. Por ejemplo, muchas personas no saben que el t√≠tulo oficial de Adam Smith en la Universidad de Glasgow a finales del siglo 18 era profesor de filosof√≠a moral, √°rea del saber que inclu√≠a: la teolog√≠a natural, √©tica, jurisprudencia y econom√≠a pol√≠tica. Por otro lado, est√°n algunos economistas como Paul Hawken y Michael Rothschild quienes han presentado una visi√≥n de la econom√≠a que ‚Äúno es anti-biol√≥gica y predatoria en su orientaci√≥n hacia la naturaleza sino que busca imitar y aprender de los procesos ecol√≥gicos.‚ÄĚ

En estos momentos simplemente no sabemos si esa convergencia es posible o viable. Adem√°s, al morir en 1948, Leopold dej√≥ mucho trabajo por hacer en t√©rminos del desarrollo de su √©tica de la tierra. Leopold pretend√≠a extender conceptos √©ticos que por siglos se hab√≠an utilizado √ļnicamente para, primero, dilucidar los principios que un individuo deb√≠a seguir para vivir una vida buena, y en segundo lugar, para derivar los principios de c√≥mo los seres humanos se deb√≠an tratar unos a otros.

No es una exageraci√≥n, por tanto, decir que lo que Leopold propone‚ÄĒextender principios √©ticos a los animales, a las plantas, y la tierra, cosas tradicionalmente consideradas como mera propiedad‚ÄĒno tiene precedentes en los m√°s de 2,000 a√Īos del estudio de la filosof√≠a moral en el mundo Occidental. Y todav√≠a faltan muchos nudos por desatar. Por ejemplo, ¬Ņc√≥mo se resuelve un conflicto entre la integridad, estabilidad y belleza de la comunidad bi√≥tica por un lado y la vida, la libertad y la b√ļsqueda de la felicidad de uno de sus miembros, por el otro?

Y aqu√≠ en la peque√Īa isla caribe√Īa que habitamos ¬Ņes posible -y hago esta pregunta deliberadamente con √°nimo de provocar- aplicar la √©tica de la tierra en Puerto Rico? Basta con leer los peri√≥dicos para darnos cuenta de que vivimos en un lugar donde existe muy poco respeto por la vida humana y, menos a√ļn, por los animales y las plantas. Sobre el respeto a la tierra y los cuerpos de agua ni hablar.

La filosof√≠a prevaleciente, tanto en el Gobierno como en el sector privado, es la de un utilitarismo nada sofisticado, m√°s bien vulgar y despiadado. La visi√≥n del progreso que tenemos es una simplista que data de los a√Īos cincuenta: mientras m√°s cemento y varilla mejor. Ir√≥nicamente, y salvando la distancia necesaria, no muy diferente a la de Stalin en la d√©cada del 30 y los 40.

Creo que en Puerto Rico el proceso de educación necesario para implementar la ética de la tierra nos tardaría tres o más generaciones en llevarse a cabo, y con todo y eso tengo mis dudas.

No obstante, se observan ejemplos alentadores en la nueva cepa de agricultores ecológicos, muchos de ellos con miras a atender problemas eminentemente económicos y de seguridad alimentaria. También tenemos esperanza en las actividades de organizaciones como Casa Pueblo, Ciudadanos del Karso y el Sierra Club, entre otras.

Pero el camino que nos falta por recorrer es largo. Estamos hablando de crear un lenguaje, un vocabulario, una gram√°tica totalmente nueva para entablar un di√°logo con nuestro medio ambiente. Esto implica un cambio radical en nuestra sensibilidad ambiental.

Esa era la sensibilidad de Aldo Leopold cuando escribió lo siguiente en su ensayo Song of the Gavilan:

The song of the waters is audible to every ear, but there is other music in these hills, by no means audible to all. To hear even a few notes of it you must first live here for a long time, and you must know the speech of hills and rivers. Then on a still night, when the campfire is low and the [stars] have climbed over rimrocks, sit quietly and listen for a wolf to howl, and think hard of everything you have seen and tried to understand. Then you may hear it‚ÄĒa vast pulsing harmony‚ÄĒits score inscribed on a thousand hills, its notes the lives and deaths of plants and animals, its rhythms spanning the seconds and the centuries.

¬ŅTenemos la sensibilidad necesaria para escuchar esa melod√≠a ancestral? Francamente, no lo s√©.

Muchas gracias por su atención.

Esta ponencia se presentó el 24 de mayo de 2013 en el Simposio sobre la ética de la tierra.