Clinton

Por Miguel Soto Class

La reflexión de Bill Clinton, expresidente de Estados Unidos y fundador de la Fundación Clinton, durante su visita a Puerto Rico sobre la necesidad de cambiar nuestro modelo energético debe convertirse en una meta impostergable. No porque lo diga alguien del “norte”, sino porque recoge lo que muchos hemos planteado cada vez con más urgencia durante los pasados años.

No son sólo las razones ambientales –el calor más intenso, la marea costera más alta– sino los imperativos económicos lo que genera la urgencia de cambio. Es imposible que Puerto Rico restablezca el crecimiento económico o genere un nuevo modelo de desarrollo si el costo de la energía es dos, tres, o hasta cinco veces mayor que en otros lugares del mundo. Reducir el costo de la electricidad no sólo es urgente para las familias o las empresas, sino también para una amplia gama de actores sociales como las organizaciones sin fines de lucro –sobre las que dependen cada vez más las poblaciones vulnerables- o las uniones, cuya fortaleza depende de la existencia de talleres laborales.

Clinton nos propuso tres ideas fundamentales: trabajar en la conversión acelerada a energía renovable aprovechando el sol, el viento y el océano; enlazar nuestra red al resto del Caribe y vender la electricidad sobrante, y convertirnos en líderes en la investigación, desarrollo y producción de tecnologías de fuentes renovables. Para eso necesitamos cambios fundamentales en la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE).

La realidad es que la Autoridad ha hecho lo indecible por erigir barreras a la generación alternativa y descentralizada. En 2012, la Administración Fortuño anunció un programa para facultar a los abonados comerciales e industriales a generar su propia electricidad y vender el sobrante a la AEE, obligando a la agencia a enlazarlos a su red de distribución eléctrica. En ese momento se habló también de permitirle a los abonados residenciales a hacer lo propio. Más de un año después, los programas -conocidos como “wheeling” y “net metering”- siguen empantanados por la multiplicidad de requisitos técnicos y administrativos que la AEE le ha impuesto a estos abonados que pueden producir electricidad más barata que esa agencia. Que le pregunten a la Autoridad de Acueductos qué pasa cuando un cliente trata de producir su propia electricidad e independizarse de la AEE.

Y ese es el meollo del asunto: mientras la Autoridad sea juez y parte del sistema eléctrico muy poco va a cambiar y permaneceremos a merced de sus caprichos. Puerto Rico es uno de los raros lugares en el mundo donde permisología, reglamentación e imposición de tarifas que rigen la industria eléctrica está en manos del propio organismo que produce, transmite y vende electricidad: un organismo que en nuestro caso controla el sistema a través de un monopolio poco transparente que se regula a sí mismo.

Para llegar a ese futuro de electricidad barata con tecnología de punta enlazada a un red caribeña hay que reformar el marco regulatorio. Es preciso crear un ente externo a la Autoridad -independiente del partidismo, el clientelismo, y los intereses creados- que establezca las reglas de juego de forma transparente; que se asegure de que la Autoridad cumple con la política energética; que garantice que va más allá de sus promesas y enlaza otros productores a su red; que incorpora las tecnologías más limpias a los precios más baratos posibles, y que le pasa ahorros y eficiencias a los abonados sin fórmulas repletas de trucos.

De lo contrario, los mismos que se han aferrado al statu quo nos harán dar vueltas y más vueltas. Y la visita del expresidente se quedará en buenas intenciones y grandes ideas.

El autor es presidente del Centro para una Nueva Economía